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A lo largo de nuestra vida nos esforzamos con el fin de alcanzar la felicidad.

Nuestro concepto de felicidad está muy vinculado al bienestar, a la ausencia de problemas, a la tranquilidad, a ganar mucho (o bastante) dinero y a no tener la necesidad de realizar grandes esfuerzos ni sacrificios. A la comodidad.

Vivimos completamente engañados bajo la absurda mentira de que eso llegará algún día, de que es posible vivir sin preocupaciones.

La vida, irremediablemente, es una sucesión continua de problemas a los que debemos enfrentarnos.

No llegará el día que dejes de tener problemas. Jamás tendrás ni la casa ni el coche de tus sueños, porque si lo tienes desearás otro más grande y caro.

Siempre habrá alguien que te criticará, un jefe que desprecie tu trabajo, un amigo que te falle, un ser querido que se vaya, guerras y corrupción en los telediarios y gente a la que (aparentemente) las cosas le van mejor que a ti. Qué suerte.

Por una parte, el deseo de comodidad te convierte en un ser frustrado, continuamente cabreado con el mundo, seguramente culpabilizas a los demás de tu mala fortuna y, paradójicamente, la búsqueda de felicidad en la comodidad te vuelve un ser infeliz porque jamás la encuentras en su forma absoluta.

Por otra parte, la comodidad es el enemigo de la excelencia, estar cómodo te hace bajar la guardia, te despista, te atonta, te vuelve mediocre.

No te preocupes porque estar permanentemente incómodo es normal. Es necesario. Incómodo por llegar a fin de mes, incómodo por cumplir los plazos pactados con tus clientes, incómodo por tu competencia o tus rivales, incómodo por la las zancadillas, incómodo por las críticas, incómodo por problemas familiares o amistosos…

La incomodidad es una constante que nos hace estar alerta, sacar la mejor versión de nosotros mismos, crecer y evolucionar profesional y personalmente, fijarnos hábitos y desarrollar nuevas habilidades, alcanzar nuestros objetivos y establecernos retos cada vez más exigentes.

La clave está en el valor que tú mismo le das a lo que haces, a las decisiones arriesgadas que tomas, al esfuerzo que pones en tus acciones, a no tomar el camino fácil, a adquirir nuevos hábitos, a centrarte en ti mismo y no en lo que los demás quieren que seas, a la manera en que te superas diariamente. Estar en permanente incomodidad sin duda nos hace mejores.

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