Este fin de semana, mientras comía con unos compañeros, un niño de 10 años me contaba que había ido a una competición y había ganado los 500m. Mi respuesta fue: «¿y cómo te lo has pasado?»

El pobre niño me lo decía con toda la inocencia del mundo, sin embargo, es más que habitual encontrarse niños que tienen una percepción de superioridad respecto a los compañeros por ganarles en las competiciones.

También padres que reclaman más entrenamientos porque sus chavales «tienen talento pero no entrenan suficiente» y entrenadores y clubes que justifican su labor con medallas en categorías inferiores que, a largo plazo, no valen absolutamente para nada.

Personalmente, soy un fiel defensor de la competición como medio educativo, siempre que se enfoque de la manera adecuada.

En categorías menores la competición simplemente es un entorno donde desarrollar otras habilidades, que pueden ser físicas, psicológicas o sociales.

De manera progresiva la competición se convierte en un fin en sí mismo a medida que los atletas adquieren la madurez física y mental, pero jamás el resultado debería estar por encima de los auténticos contenidos del entrenamiento infantil si pretendemos desarrollar atletas equilibrados que aspiren a alcanzar su máximo potencial en plena madurez.

Lo más habitual debería ser que los que ganan en estas categorías sean los más talentosos o los de maduración más temprana.

No hay motivo alguno para que un atleta cuya maduración psicológica y biológica es más tardía deba entrenar más duro para alcanzar a sus compañeros, y eso es responsabilidad de los entrenadores por partida doble, primera con el trabajo con los propios niños y segundo «educando» a los padres. Respetemos las etapas del desarrollo deportivo.

¿Qué variable elijo para controlar la intensidad del entrenamiento?
Las cosas han cambiado