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Una de las costumbres de mal gusto en centros de alto rendimiento o en núcleos donde confluyen varios grupos de entrenamiento de alto nivel es la de tomar los tiempos de entrenamiento a atletas rivales o de otros grupos. Aunque para la mayoría de atletas esto no constituya un problema, para algunos profesionales que se encuentran «trabajando» es muy molesto sentirse observado y medido en cada momento. No me parece una buena práctica por varios motivos, el primero es porque todos sabemos que a nadie le gusta sentirse «espiado» mientras entrena. Por otra parte, si lo hacemos para compararlo con los propios entrenamiento o los de nuestros atletas, eso demuestra una flagrante inseguridad y falta de confianza en el propio trabajo. Y el que lo hace por puro cotilleo no deja de parecerme acto cuanto menos cutre.

Todo esto viene al caso para justificar una (buena, creo) costumbre mía. Aparte de mis propios entrenamientos, me encanta pasar tiempo en la pista por el simple hecho de observar cómo corre la gente. No me interesan lo más mínimo los entrenamientos ajenos y cuando algo me interesa, me acerco a preguntar directamente a los entrenadores con los que, por cierto, tengo muy buena relación. Como decía, me gusta observar la belleza plástica de la zancada, ver las diferencias entre estilos, la facilidad de unos y el «agarrote» de otros, el apoyo del pie, la postura…

Pues bien, hace unos días tuve que felicitar a un compañero porque me quedé gratamente sorprendido de cómo una de sus atletas había cambiado su forma de correr en un par de años. La vi con un estilo más robusto, con una pisada más firme, con más potencia en la zancada y sin rastro de esa fragilidad que transmitían sus largas piernas tiempo atrás.

No es fácil poner en forma a un atleta, pero si hay algo realmente complicado, que requiera más esfuerzo, más tiempo y más paciencia, eso es cambiarle a alguien la forma de correr. Cambiar la técnica de un gesto tan arraigado a nuestra motricidad como es la zancada. Cambiar el estilo personal de expresar nuestro movimiento. Por eso me pareció admirable este caso, tanto por el buen trabajo del entrenador como por el esfuerzo y la capacidad de aprendizaje del atleta.

Y es que como entrenadores lo que buscamos es «trans-formar» a nuestros atletas hacia niveles superiores de rendimiento, eliminando sus defectos y puliendo su mejores virtudes. Mi más sincera admiración hacia aquellos que lo logran.

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