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Amo mi profesión. Después de mis frustradas carreras como músico y más tarde como ingeniero, descubrí en el entrenamiento mi más profunda pasión. Allá por el año 2005 inicié mis estudios en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte.

Tenía el sueño de ser entrenador, pero por aquel entonces no creía que podría vivir de lo que más me entusiasmaba: el entrenamiento de la carrera a pie. Running, que llaman ahora.

Sin embargo, con el auge y la popularización de este deporte he podido dedicarme en exclusiva a ello mucho antes de lo que podría imaginar.

No quiero hacer corporativismo barato, pero con el fenómeno del running ha  emergido una problemática en mi sector. A pesar de ser una buena oportunidad para los auténticos profesionales del entrenamiento, también es cierto que se han sumado al carro un buen número de personas sin formación.

No quiero decir que alguien sin formación académica no pueda ser un buen profesional (existen muchas maneras de formarse), pero no es lo habitual. Esta es una cuestión que no me afecta directamente ya que soy plenamente consciente de lo que puede ofrecer alguien con formación y alguien sin ella.

El problema verdadero es para los «clientes» que contratan los servicios de un entrenador. Y me explico.

Hacer mejorar a alguien que jamás ha hecho deporte o que ha entrenado siempre mal es tremendamente fácil. Basta con hacer cualquier cosa con un mínimo de sentido común o aplicarle un entrenamiento con una carga sustancialmente mayor y aunque no sea un entrenamiento óptimo a buen seguro que será mejor de lo que hacía antes.

La propia experiencia como deportista puede funcionar (no siempre) cuando entrenamos a un deportista con un perfil estándar de normalidad en cuanto a capacidades físicas y estado de salud.

Pero, ¿acaso todo el mundo cumple con  ese perfil? ? ¿Qué hacemos cuando acuden en busca de nuestros servicios personas que…

  • … sufren algún problema de salud como hipertensión, obesidad, diabetes, celiaquía o asma?
  • … toman algún tipo de medicamento como betabloquantes, vasodilatadores o tratamientos hormonales?
  • … tienen hábitos poco saludables como una mala alimentación o adicciones como tabaquismo o alcoholismo?
  • … tienen alguna alteración anatómica como dismetrías, acortamientos en cadenas musculares o hiperlordosis?
  • … tienen secuelas de alguna lesión en el aparato locomotor como rotura de LCA, lumbalgias o condromalacias?
  • … se enfrentan a retos extremos como un Ironman o Ultra Trail?
  • … reúnen varias de estas características?

El hecho de haber sido buen deportista o estar muy metido en «el mundillo» no es una garantía para saber gestionar estos casos a los que tarde o temprano uno se tiene que enfrentar.

Tener formación en ciencias de la actividad física no te permite «curar» a nadie, pero tener unos conocimientos básicos sobre anatomía, biología, fisiología, bioquímica, física, biomecánica, nutrición y psicología sí te permiten adaptar el entrenamiento a sus problemas, derivarlos a los profesionales adecuados y marcar las líneas rojas a lo que pueden y no pueden hacer con sus limitaciones.

Es decir, te permite no poner en riesgo su salud de forma gratuita.

Aunque la situación no es como a mí me gustaría, tampoco puedo reprochar a nadie (formado o no) que se dedique al entrenamiento.

Nuestra profesión no está regulada y cualquiera puede ser entrenador por el simple hecho de hacerse llamar así. Tú mismo si quieres.

Legalmente tienes todo el derecho y ante eso no hay nada que decir. No obstante, debemos ser conscientes de que no estamos poniendo en riesgo el dinero o un simple objeto, sino un organismo, la salud de una persona.

Y eso merece unas garantías y una regulación.

He fallado
El principio de repetición y continuidad