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Estas vacaciones navideñas me han servido sobre todo para reflexionar acerca de mi pasado y mi futuro. Una de las cosas de las que ahora soy consciente es de los procesos de toma de decisiones en el pasado. Me refiero a grandes decisiones, aquellas que te cambian la vida. Los estudios que eliges, los trabajos que aceptas, los proyectos en los que inviertes… De todas esas decisiones, ha habido algunas que han cuajado, que han supuesto un progreso personal y profesional, y otras que con el tiempo simplemente se han quedado atrás, o han resultado un auténtico fracaso.

Casualmente (o no), absolutamente todas las decisiones que me han hecho crecer han sido tomadas de manera instintiva, no razonada. Decidí estudiar Ingenería Industrial por las salidas profesionales y no duré curso y medio y, tras esto, decidí estudiar Educación Física simplemente porque me apasionaba, sin saber siquiera de qué me podía servir. Este es sólo un ejemplo pero ilustra lo que ha sido una constante en mi vida.

No confíes en exceso de la razón cuando se trata de planes a largo plazo o decisiones vitales, somos demasiado optimistas en cuanto a nuestra capacidad de razonamiento, cuando en el largo plazo existen tantas variables que desconocemos que la razón no puede ser mucho más precisa que la aleatoriedad o el azar. Al final, el instinto, aquello que te nace de dentro, te empuja y te quema dentro del pecho es el mejor motivo para tomar la decisión correcta, porque lo que importa no son los cálculos que podamos hacer a largo plazo sino la actitud que tengamos día a día frente a la vida.

Las grandes decisiones no se toman con la razón, se toman con el corazón.

Menos es más
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