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Lo que hace de un entrenamiento algo eficaz y define a un buen entrenador es, sin duda, la precisión del entrenamiento. Sin embargo, lo que le otorga al entrenamiento una belleza especial es su desconcertante imprecisión.
Pocas de las cosas que podemos medir en nuestro organismo son exactas, cualquier variable tiene sus sesgos, bien sea por el método empleado en la medición, porque no se correlaciona exactamente con aquello que pretendemos mejorar o por una interpretación subjetiva de los datos. Además, múltiples variables de confusión que no podemos ni medir ni interpretar afectan de manera perturbadora.

¿Quizá es la bella imperfección del entrenamiento lo que nos tiene enamorados?

¿Es eso lo que nos empuja a pasar nuestra vida buscando su utópica perfección?

¿Es lo que nos hace persistir, error tras error, hasta que llegamos a entender que el error es lo que nos hace comprenderlo todo?

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