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«Pues habrá que hacer un test de lactatos a ver…» ¿Qué atleta de resistencia no ha oído algo así alguna vez de su entrenador?

El lactato, de alguna manera u otra, forma parte de la vida de todo corredor y no son pocos los que mantienen una relación de amor-odio con esta sustancia, tan famosa y a la vez tan desconocida. Todos hemos oído hablar de él… y más de uno no tiene muy buena opinión ¿Pero sabemos lo que es?

Pues bien, el lactato no es más que 2-hidroxipropionato (C3H5O3), o lo que es lo mismo un anión orgánico derivado de la disociación del ácido láctico (No nos hemos enterado, ¿A que no?). Como el objetivo de este texto no es más que hacer una introducción al lactato… no entraremos en la bioquímica nada más que para recalcar que debido al bajo pK (3.86) de la enzima lactato-deshidrogenasa (que es la que produce ácido láctico a partir de ácido pirúvico al final de la glucolisis) y teniendo en cuenta el pH fisiológico humano (en torno a 7.35), el ácido láctico se encuentra prácticamente disociado al 100% (recalco, 100%) en lactato y en un protón o hidrogenión (H+) en el organismo. Por eso, cuando oigáis a alguien decir puede sentir el ácido láctico, dadle una colleja, en todo caso será lactato (y ni eso, ¡El lactato no produce fatiga! Ya lo comentaremos otro día).

En fin, al lío. Primero vamos a desmontar unos cuantos mitos:

Mito: Tradicionalmente se ha pensado que el lactato no es más que un mero producto de desecho, un veneno, resultante de la ausencia de oxígeno…

Realidad: Actualmente se sabe que existe producción de lactato en músculo plenamente oxigenado tanto in vivo como in vitro (Jobsis & Stainsby, 1968; Brooks, 1986; Connett et al, 1986), y de hecho las concentraciones sanguíneas de lactato en reposo son del orden del 0.6-2 mmol·L-1)

Además, hoy en día se considera al lactato como un importante precursor gluconeogénico para el hígado (Cori & Cori, 1929; Stallknecht et al, 1998), un substrato oxidativo para el músculo esquelético y cardíaco (Stanley et al, 1986; Gertz et al, 1988; Bergman et al, 2000), así como un importante factor a la hora de mantener la homeostasis de la glucosa durante el ejercicio (Donovan & Brooks, 1983; Turcotte & Brooks, 1990; Miller et al, 2002). De hecho se estima que el lactato podría representar un 25% de la oxidación de los carbohidratos (Bergman et al, 1999) y entre un 60-80% de la gluconeogénesis durante el ejercicio (Depocas et al, 1969; Donovan & Pagliassotti, 1989). Casi nada oiga.

¿Acaba aquí la cosa? Pues no, también se sabe que el lactato es el principal substrato energético de diferentes órganos y tejidos en reposo o durante el ejercicio (Gertz et al, 1988; Stainsby & Brooks, 1990; Gladden, 2000; Bergman et al, 2000), como por ejemplo el cerebro (Brooks, 2002; Dalsgaard et al, 2004a,b; Dienel, 2004), piel e intestino (Johnson & Fusaro, 1972), riñón (Leal-Pinto et al, 1973; Brand et al, 1974; Yudkin & Cohen, 1975; Bellomo, 2002) o incluso músculos no activos que utilizan lactato procedente de otro músculo activo (Carlson & Pernow, 1959; Ahlborg et al, 1975).

¿Y todo esto qué más nos da? Pues bueno, habrá primero que quitarle el «muerto» de enemigo del atleta antes de continuar… En realidad el lactato no es más que un mero indicativo de la intensidad de ejercicio, y no un causante directo de la fatiga muscular como mucha gente piensa. Además, es un aliado de entrenadores y atletas, a los que tanto les gusta realizar test de lactatos (bueno, a los atletas les gusta un poco menos)… en otro post veremos por qué.

El Umbral Láctico: definición, nomenclatura y utilidad
Estreno www.vicenteubeda.com