Cris y Vicen en el Gran Cañón del Colorado

Aparte de entrenar a un buen puñado de atletas amateurs, tengo la suerte o la desgracia de compartir mi vida con una atleta profesional (a la que también entreno). Puede parecer bonito, incluso romántico, y probablemente existan otras parejas a las que les haya ido muy bien esta situación tanto en el plano personal como deportivo.

En nuestro caso, nada más lejos de la realidad. No llevamos ni dos años entrenando juntos y esto ya da para un libro. Y un libro no sé si lo voy a escribir, pero unas cuantas entradas en el blog podéis dar por hecho que sí. Y no quiero dar a entender que nos está yendo mal, de hecho creemos que vamos por muy bien camino. El problema es que no todo son risas y alegría. Ha habido y habrá momentos duros, desagradables y complicados. Y la línea entre lo profesional y lo no profesional es tan confusa que muchas situaciones acarrean un desgaste en el plano personal que es difícil de llevar. Que tu entrenador o tu atleta sea tu pareja, para algunas cosas es una ventaja, pero para otras un auténtico handicap.

La razón de que nos resulte a veces difícil trabajar con concentración, continuidad, profesionalidad, es que somos dos personas muy diferentes, con ideas, hábitos, gustos y caracteres muy distintos. A veces ambos pecamos de cabezones, de orgullosos y de todos los defectos que podáis imaginar. Y sí, cuando eso pasa también nos ponemos en actitud de “y tú más”. Discutir ya forma parte de nuestra rutina diaria. Para que os hagáis una idea, imaginaros que estáis discutiendo por si adoptáis o no un perro, uno quiere y el otro no, e inmediatamente después tenéis que bajar al gimnasio y poneros a las órdenes del otro. O que tras recriminarte la actitud en un entrenamiento, a continuación tenéis que ir a elegir un piso de alquiler para entrar a vivir. A eso lo llamo yo una bomba de relojería.

Aun así, creo que somos el complemento el uno del otro, el ying y el yang tanto en casa como sobre el tartán. A pesar de nuestras contradicciones, existe una magia que nos une, que hace que cada vez que tenemos un problema salgamos más fuertes, con una lección más aprendida. Entrenar en pareja hace que los problemas se magnifiquen, pero también las alegrías se saborean de otra manera. De momento nos nos han acompañado los buenos resultados, los problemas de salud y las lesiones nos han puesto a prueba durante los últimos años. Pero también hemos aprendido que no necesitamos tener resultados para estar orgullosos de nuestro trabajo, para disfrutar cada día haciendo lo que más nos gusta y de la manera que creemos mejor para nosotros. Y eso no tiene precio.

Está siendo una camino difícil, pero si algo podemos decir a día de hoy es que todas estas situaciones nos han hecho crecer personal y profesionalmente. Y sí, a pesar de que a veces es demasiado cabezota, puedo decir que vivir y entrenar con Cristina mola.

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