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Últimamente estoy muy apagado en las redes sociales.

Por una parte, para mí suponen un simple medio, una herramienta para conseguir mis objetivos en este proyecto de #EntrenadoresEmprendedores.

Por otra parte, he estado enfrascado estos meses en tareas mucho más productivas (entre otras, elaborar un ebook sobre cómo utilizar correctamente las redes sociales).

A lo que voy. Las rechazo (para mí, cada uno que las use como considere) como un medio de comunicación personal y como forma de estar al día de la actualidad del mundo (tampoco leo periódicos, ni veo la TV, ni escucho la radio a excepción de Rock FM en el coche).

Sin embargo, el otro día se me calentaron los dedos y publiqué en Twitter una reflexión profesional que me llevaba rondando en la cabeza mucho tiempo y necesitaba sacarla para contrastarla con el mundo.

La pregunta en cuestión es la siguiente:

La razón para plantearme esta cuestión es cómo definirme a mi mismo cuando me piden que me presente, por ejemplo, cuando voy a dar una charla o un curso.

Si tengo que ponerme un nombre, una etiqueta lo hago con los siguientes criterios:

  • Que represente lo que soy
  • Que represente lo que hago
  • Que se pueda deducir el resultado de mi trabajo
  • Que sea corto
  • Que sea simple

Me importa poco (nada, la verdad) si ese nombre existe o me lo acabo de inventar, si está reconocido, regulado, institucionalizado o no.

Lo que me importa es que signifique algo y que la gente lo entienda.

Por tanto, en mi faceta deportiva, no encuentro mejor nombre para presentarme que Entrenador de Atletismo. Y, en este blog, me presento como Entrenador Emprendedor, que es la otra cosa que hago. Punto.

Si quiero ser más específico, preciso y profundizar más, podría ponerme la etiqueta de Entrenador de Medio-fondo y Fondo, que es mi especialidad dentro del Atletismo.

¿Por qué considero un error ponernos el nombre de un título?

En primer lugar, porque considero que un título no te define como profesional. No estoy hablando de ocultar tus titulaciones y currículum académico, o no estudiar, ojo. Estoy hablando de poner por encima lo que has estudiado de lo que eres.

En segundo lugar, porque si diéramos por válido que ser Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (o LCCAFD) representa lo que eres, es algo tan general que no define de ninguna manera lo que haces ni qué consigues con tu trabajo.

Y, por último, ni es corto, ni sencillo y, personalmente, me llevo bastante mal con la pomposidad. Lo que más me importa es que me entiendan.

Siguiendo con el hilo de Twitter, mi colega Josemi del Castillo, a quien ya he tenido el placer de tener en el blog, hacía una buena observación:

Pero una cosa es el “campo educativo” y otra el “campo profesional”.

Y, profesionalmente, un Investigador, un Profesor de Educación Física, un Gestor de Instalaciones no tienen nada que ver conmigo y mi profesión, que es el entrenamiento deportivo, ni siquiera entre ellos.

Cada una de estas profesiones tiene su nombre y su función particular, aunque hayamos pasado por la misma facultad.

No veo la necesidad de englobarnos dentro de un mismo nombre a nivel profesional.

Considero un error estar más preocupado por los títulos académicos que con lo que hacemos, lo que aportamos a nuestros clientes, la sociedad y con la función real de nuestra profesión.

Y para mí eso es clave: la función que desempeñamos.

Y esta preocupación puede venir derivada en muchos casos de algo que Pedro Poveda comenta en otra respuesta al hilo de Twitter:

¿Por qué necesitamos etiquetarnos principalmente como Licenciado/Graduado/Máster?

¿No basta llamarse entrenador de XXX?

¿Buscamos un estatus mayor que un Técnico Superior en Animación de Actividades Físicas y Deportivas o un Entrenador con título federativo a través de ello?

¿Somos automáticamente mejores en nuestra “función” por tener X título Y?

¿Queremos obtener un reconocimiento social a la altura de un médico, un abogado o un ingeniero?

¿No debe ser el resultado de nuestro trabajo quien marque nuestro estatus profesional?

¿Debe avergonzarme ser (y etiquetarme como) Entrenador de Atletismo?

Una parte importante (si no la mayor) de entrenadores de Atletismo que conozco y considero mejores que yo, no son Licenciados ni Graduados en Educación Física y Deporte. Yo sí.

Y repito. No sólo los considero, sino que objetivamente SON mejores que yo.

Y aquí viene la siguiente parte.

¿Qué considero un “buen entrenador”?

Claro, si hablamos de cosas tan abstractas, abiertas e indefinidas como bueno o malo, lo normal es que cada uno tenga sus propios criterios (más o menos acertados) y que, en definitiva, no nos pongamos nunca de acuerdo porque cada uno trabajará con sus propias definiciones.

Sin embargo, la realidad es que tendemos a juzgar el trabajo de otros entrenadores y tildarlo de bueno o malo, pero no solemos decir (incluso ni saber nosotros mismos) en función de qué.

Por otra parte, deberíamos hacer ese mismo juicio sobre nosotros mismos. Es decir, plantearnos si somos buenos o malos entrenadores como parte del proceso de aprendizaje y crecimiento personal.

Yo lo hago y tengo mis propios criterios. Y sé cuándo estoy haciendo un buen trabajo y cuándo no lo estoy haciendo.

Además, trato de evaluarme así con cierta periodicidad para no dormirme en los laureles.

¿Y qué criterios utilizo?

Entrenadores de distintas disciplinas, con objetivos diferentes, tendrás distintos criterios específicos.

Pero he encontrado ciertos criterios más generales, no demasiado subjetivos, que me parecen universales y considero óptimos a la hora de realizar este juicio.

Estos tres criterios se corresponden con lo siguiente:

  1. Que no se lesionen: Proteger la salud de tus deportistas/clientes es lo primero, además de ser condición sine qua non para el segundo criterio.
  2. Que progresen: Es lo que podemos llamar principal función del entrenador y un criterio de éxito/fracaso en los objetivos. Todo el mundo tiene un objetivo y recurren a un entrenador como solución para alcanzarlo. Valoro más el progreso que los objetivos, ya que fácil que estos se formulen mal y que desconozcamos el verdadero potencial del deportista. El progreso a largo plazo, siempre gana.
  3. Que estén satisfechos con tu trabajo: Esto hace referencia a la parte humana-comunicativa de nuestra función. Hay tantos factores implicados en la adaptación biológica que en ocasiones se pueden cumplir los puntos 1 y 2 a pesar de y no gracias a la labor del entrenador. Es fundamental que el receptor de tu trabajo atribuya el mérito a tu función. Si no, algo estás haciendo mal.

Esta simplificación es muy útil aunque, por descontado, podríamos añadir cientos de criterios más, ya sean técnicos o de valores. Pero ya no sería una regla simple.

¿Y cómo identificar a un GRAN entrenador?

Esta pregunta extra me la he planteado a raíz de un hecho anecdótico que se da con cierta frecuencia.

En ocasiones, hay gente que me conoce sólo de manera superficial y desconoce completamente mi trabajo que me dice: ¡eres un crack! ¡qué máquina estás hecho! o ¡qué grande eres! y expresiones similares.

Aunque muchos lo hacen de manera bienintencionada (otros tienen algún interés), me da mucha rabia la alabanza desde el desconocimiento. Y lo opuesto también, la crítica desde el desconocimiento, pero eso me resbala más.

Yo no soy mejor profesional porque escriba cosas en un blog. Y, desde luego, NO soy un gran entrenador, aunque sin duda me gustaría llegar a serlo.

Una regla que utilizo para no caer en el juego del autoflagelamiento con las críticas externas ni la autocomplacencia con los halagos es no atender a críticas que no vengan de:

  • tus propios deportistas y en privado. Muchas veces en público la gente no dice exactamente lo que piensa.
  • profesionales de mayor estatus que yo y que conozcan al menos mínimamente mi trabajo.

A lo que iba, para poner la etiqueta GRAN antes de la palabra entrenador, para mí es imprescindible, además de los 3 puntos citados anteriormente para el BUEN entrenador:

  1. Que los 3 criterios que definen al buen entrenador los cumpla con la inmensa mayoría de sus deportistas (ojo a la falacia de la verdad a medias u omisión de resultados negativos)
  2. Que los resultados positivos de trabajo sean consistentes en el tiempo (ojo a éxitos puntuales debidos a la suerte o a buenas generaciones espontáneas de deportistas)
  3. Que sea ejemplar, honesto y coherente en grado máximo (ojo a los que utilizan la trampa y la manipulación)

Buenos entrenadores conozco bastantes. Grandes entrenadores no tantos, pero los hay. Y de estos últimos, absolutamente ninguno se presentaría como LCCAFD (aunque lo sea).

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